Buscando al único habitante de Quiñihual

No vemos carteles que nos indiquen donde es Quiñinual, la única muestra de su existencia es un punto marcado en los mapas con su nombre. Consultando en el camino con suerte podemos llegar a este desolado pueblo de la Provincia de Buenos Aires. Las densas nubes tocan las cimas del entorno serrano de Sierra de la Ventana, bandadas de pájaros deambulan por el cielo y se ven diferentes tonalidades de verde en estos hermosos campos. Luego de unos pocos kilómetros vemos pequeñas casas, una escuela abandonada, galpones del ferrocarril, y la estación que forma parte del pasado. Pero después de todo, lo más atrayente es el almacén de ramos generales.

Quiñihual, tiene un sólo habitante, se llama Pedro Meyer y es el dueño del almacén. Al pisar se siente el crujido de un piso de madera que se hunde por el tiempo que ha pasado desde su esplendor. “Yo me crie en el almacén, desde pequeño ayudé a mi padre. Antes teniamos cuarenta personas en el mostrador y mucho trabajo. Al no llegar más el tren se paralizó el pueblo, antes llegaba mucha gente y hasta tuvimos seis empleados. Ahora la gente de los campos viene a buscar pan y de paso toman algo antes de irse». Mirando por la ventana se emociona recordando aquellos tiempos y limpia con un trapo el mostrador de su almacén, que es lo único que queda en pie de su pueblo.

Hace un tiempo unos italianos le ofrecieron casa y campos por su amado almacén pero la respuesta fue negativa. Su esposa vive en Pigüé y una vez por día Pedro la llama desde el único lugar donde encuentra señal de teléfono. Un perro es su único compañero en este trozo de tierra que lo hace feliz y que se llama Quiñihual.

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